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Sociedad: Crimen Clasista
11/02/2020 | 17 visitas
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El asesinato de Fernando Báez Sosa ha despertado un abanico de reacciones e intentos de explicación en procura de poder comprender la crueldad, buscar cómo prevenirla y ligar lo traumático. Este artículo se inscribe dentro de dichos intentos sosteniendo que el contexto histórico de afirmación de ideales de los rugbiers que asesinaron a Fernando es el del macrismo, en el cual desde el Estado y los medios hegemónicos de comunicación se promovió la meritocracia, la aporofobia y la impunidad de los poderosos.
Los modos de la crueldad en cada momento histórico son regulados por la(s) cultura(s) vigente(s) en la sociedad.

El asesinato de Fernando Báez Sosa, ha conmovido la sensibilidad social, despertando un abanico de reacciones desde aquellas que asumiendo el dolor inconmensurable de la muerte brutal de un joven claman por justicia, las que en una posición en espejo con la de los criminales exigen venganza carcelaria, y las justificadoras que remiten al azar de las cosas.

A su vez, el crimen ha despertado diversos intentos de explicación en procura de poder comprender la crueldad, buscar cómo prevenirla, y ligar lo traumático. Este artículo se inscribe dentro de dichos intentos.

Entre los análisis, -en forma concordante con el vital, democrático, y revolucionario movimiento feminista- han primado los centrados en las consecuencias del patriarcado sobre las masculinidades. Resultando insoslayable la apreciación de Rita Segato circunscribiendo el crimen dentro de dicha lógica: “Los muchachos tuvieron que probarse a sí mismos mediante una víctima sacrificial que son hombres”.   

Compartiendo la lectura general del mandato patriarcal de violencia sobre la masculinidad, deben sin embargo, cercarse las determinaciones específicas del crimen. En última instancia, el patriarcado se expresa en forma afín al sistema político/económico en el cual se inscribe y en las representaciones que éste habilita.

La presentificación de lo siniestro, en tanto lo familiar que se torna repentinamente terrorífico, atraviesa el asesinato en dos dimensiones reiterativas en nuestra cultura: por un lado, el de la muerte prematura de un joven, y por el otro, la del ataque grupal (hoy en día significado como manada) de rugbiers a un sujeto.

Al ser el determinante central del homicidio, el ataque en patota de rugbiers contra una persona, contra Fernando, debemos analizarlo diacrónica y sincrónicamente, buscando elucidar en lo posible tanto los componentes históricos-estructurales, como los singulares y particulares.

La serie histórica de ataques grupales de rugbiers contra sujetos sin posibilidad de defensa, se halla vinculada al componente elitista del deporte y no a la esencia del juego de violencia reglada y superflua caballerosidad entre pares.  En la pertenencia simbólica, imaginaria y material del rugby a las clases dominantes, con la inclusión aspiracional ilusoria de componentes de clase media alta y en ocasiones media a secas, amerita rastrearse la violencia social-brutal de numerosos practicantes del deporte. La impunidad histórica, las justificaciones “naturales”, el odio clasista de los sectores dominantes (Marx equivocó el sujeto histórico que lo ejercería) son los “valores” imperantes detrás de los ataques, cuando la correlación de fuerzas lo permite. En tal sentido, la liga patriótica representa mejor como metáfora la crueldad de las patotas elitistas que la idea de manada.

Los jóvenes que asesinaron a Fernando, formaron sus ideales adolescentes en un contexto histórico social, el del macrismo, en el cual desde el Estado y los medios hegemónicos de comunicación se promovió la meritocracia como ideal supremo, la aporofobia y la impunidad social, política y legal de los poderosos. Instituyendo desde lo discursivo un modo de ordenamiento de la realidad, sintónico con una ideología de odio al otro, al otro del poder, y justificadora de las políticas regresivas de redistribución del ingreso.

Ideales que produjeron una bipartición social entre el meritócrata que tiene por su (supuesto) propio mérito y el excluido, el fracasado, culpable de su decadencia por no haberse esforzado lo suficiente. Esta bipartición, por añadidura y despliegue discursivo  complementarios, incentivó el odio del “meritócrata” que es ciudadano porque tiene, y debe mantener al pobre porque es un/a grasa militante, no trabaja porque no quiere, es un/a negro/a de mierda o un/a chorro/a, que no tiene y por lo tanto no es. O por lo menos no es como uno, no es un semejante. Ideología inmoral disfrazada de ideales, que expuesta sin el barniz de la corrección política, se condensa en el enunciado-grito: “a estos negros de mierda hay que matarlos a todos”.

Estos valores constitutivos de la producción de subjetividad, apuntalaron y extendieron la destitución entre las clases pudientes de la categoría de semejante al pobre y al trabajador/a. Destruyendo los lazos amorosos, el reconocimiento ontológico, y facilitando la caída de la ética y la ternura hacia el otro, como diques y moderadores de la potencialidad de la crueldad que portamos como agresividad narcisística o sadismo pulsional.



Por Osvaldo Fernández Santos publicado en La Tecl@ Eñe.
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